El Catrín

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Después del tiempo, todo lo que queda es lo vivido. Y la herencia que sobrevive al tiempo es lo que nos dejaron en el corazón y en la memoria los que ya no están en este mundo de la ilusión…

-mi niño que buen mozo es Ud.; y como es que sus papas lo hicieron estrenar sin ser su onomástico.
Bien dicen que el diablo cuida lo suyo.
-pá nada un golpe de suerte, nada del chamuco; además si tuviera trato grande, andaría como catrín…
-sabias e inocentes palabras mi niño, pero hay cosas de verdad en ellas…

Tocándose la barbilla con una mueca pensativa, mi abuelo giro sobre sus pasos

-viejo zorro, sabía que lo seguiría y también sabía que algo interesante saldría de esa referencia-.
-Esto que te cuento viene de tiempos antiguos, de un abuelo tuyo, de nombre Crescencio, si el buen Crescencio que aquí mismito en esta piedra donde afilamos los machetes se sentaba y le contaba esto a mi padre, como yo te lo cuento mi niño, escucha con atención mi niño porque no sea que al salir de noche te pase…
En una noche de luna entera, Crescencio -hombre de campo, duro, tenaz y necio- salió de la cantina de tío Longino, -de esa calle que va para el parque- pensando en que pronto traería a vivir a su amada, finita – del barrio del calicanto-.
Mientras sus pasos levantaban polvo de esas calles de antes, el viento cambiaba de dirección, provocando pequeños remolinos.

El sonido de los perros que ladraban y azotaban las cercas de carrizo -alarma de siempre de pueblos como este- , Crescencio pensaba para sus adentros lo miserable que iba a hacer la vida de fina que al llevársela a vivir con el extrañaría la buena vida a la que ella estaba acostumbrada, y como si no si el Crescencio era algo flojo y haragán, de pronto tuvo la idea mi niño, -a que canijo es el destino que el chamuco andaba desocupado y lo oyó.

Envalentonado por el calor de las copas, miro la luna grande y tragando saliva pensó: sí se me aparece “aquel”, le voy a proponer, un trato de mucha lana…mucho trago…mucha vida.
Hay mi niño… hay cosas que solo se deben pensar una vez y desterrarlas de nuestra conciencia para siempre. Tomando aliento en la esquina antes de llegar a la iglesia, jalo su cordela, que hacía que su bule-lleno casi siempre de saltapatras, mezcal de cedrón, siempre, siempre le cuidara la espalda y la sed. Pescando su bule al vuelo y enseñándosela a la madre luna repuso sin vacilo: Esto es lo que te ofrezco, si eres tan inteligente y tan poderoso, un trato de inteligencia, mi vida por tu dinero, en juego, el que gane se lleva los dos…

A Crescencio se le olvidaba mi niño; que el alma de un chamán es valiosa para la fuente de todo mal; para bien la oreja mi niño y que no te pase.

Crescencio agudizo su oído para saber , para oír cual muestra de que la fuente había oído sus palabras; pero nada paso, nada se oyó, hasta los perros alborotados por su caminar se habían cayado, el viento dejo de soplar,  y Crescencio continuo su marcha.
Y como todo mal, no llego en el tiempo referido, como todo mal, solo llega cuando uno baja la guardia.

A lo lejos se oía un cuaco de esos grandes, de esos caballos finos, su piel brillosa, brillosa y de ojos vivos -chulo animal- montado en él un “pelado” de sombrero de caporal -a distancia se conocía que era un hacendado de artos pesos-.

Rápidamente se acercó al buen Crescencio. Mis ojos se abrían cada vez más jalando a mi boca y abriéndola con asombro.

-Si mi niño era el catrín.

Crescencio esperaba de la fuente una visión espectral; pero bien dicen que la fuente nunca se ve como es.

El catrín paso de largo, aventando de polvo a aquel borrachín solitario, aquel personaje solo se detuvo hasta llegar a la puerta de la iglesia, donde desmonto sacudiéndose las finas ropas.

Los inevitables pasos de Crescencio -o tal vez su destino, mi niño- lo llevaron frente aquel charro bien trajeado.

Aquel rostro cansado que encumbraba ese traje reluciente puso su diestra en el hombro al buen Crescencio y le dijo:

-Si cuidas mi caballo una moneda de oro será tuya.

-En aquella época mi niño con una moneda de esas te comprabas una yunta y muchísimo mezcal- Crescencio saboreando su falsa buena suerte, acepto sin pensar.

Aquel catrín se acercó a la iglesia sin entrar, se hincó con una rodilla y murmuro cosas en voz baja -tal vez rezando, tal vez agradeciendo – paso el tiempo y cuando la luna estaba más alta; y las nubes la ocultaban, el catrín llego dándole a Crescencio la moneda que tanto codiciaba.

Pero el destino es ineludible mi niño; al ver la codicia en el rostro de Crescencio le propuso un trato -señalándole dos sacos que traía el catrín en el caballo.
-lleva este cuaco con estas bolsas de oro al mogote y te daré cinco monedas…

El buen Crescencio asintió con la cabeza y acepto en un apretón de manos sin saber- la maldición -aquel trato maldito-.

Aquel espectro en forma de charro lo miro a los ojos de manera condescendiente y una sonrisa apareció su nombre.

-solo una condición -dijo con voz solemne- presta atención Crescencio… no mires dentro de los sacos; prueba de mi confianza hacia ti y como adelanto aquí están 3 monedas.

Una a una el brillo del oro adornaba la mano de Crescencio encendiendo de codicia sus ojos.

-pero la codicia es mala consejera mi niño

Sin pensarlo dos veces Crescencio tomo al caballo, y en cuanto estuvo lejos de su vista lo condujo por el camino real con la intención de cuzquear los sacos y mermar la carga y pesar los bolsillos de su pantalón.

Pero cuando desmontó y abrió los sacos, una voz le lleno de escalofrío su espalda.

Aquel espectro apareció de entre las sombras, con paso firme y silencioso.

-era curioso pero los perros aullaban, tal vez compadeciendo al nuevo condenado-
-no eres honorable para respetar un trato, te di la ayuda que me pediste a la luz de la luna, y me traicionas, es así como me pagas?
Sin embargo; si oro es lo quieres… oro tendrás,…
Con el susto Crescencio subió al caballo de inmediato y cabalgo como nunca, hasta que llego a su casa y al tratar de desmontar, se dio cuenta que sus piernas no le respondían.

A Crescencio lo dejaron de ver por mucho tiempo.

Su enamorada termino por casarse con otro pretendiente y tener hijos -hacer su vida pues- Y asi como asi, el tiempo pasó y el silencio y la ausencia de Crescencio comenzaba a borrar su recuerdo.

Y un día de noche grande apareció – de noche y de repente como todo espectro-, con su traje de catrín  y varias penas en la cara , la más grande, lo llevo a colgarse del árbol grande del “Sidorito”, cuentan que antes de jalarse al monte a terminar con su desgracia y culpa le confeso a su hermano lo que paso; y hay quienes cuentan que ni colgándose pudo bajarse del caballo, que ni aun muerto, ha sido liberado de la maldición del oro. El tiempo se terminó por llevar su recuerdo, pero esta historia vive entre nosotros desde entonces…ah, sí…y el secreto del catín:
El catrín en turno, no pude bajarse del caballo hasta que time a otro, con la codicia y le haga sacar lo peor de si con el oro que lleva, solo así puede bajarse del caballo y dejar de ser el catrín….
-así que ten mucho cuidado mi niño, no aceptes promesas de un extraño y menos permitas que otro te compre con tu codicia, y te condene….
por eso mi niño la siguiente ves que escuches cascos huecos de un caballo en la noche, cuida de que tu avaricia no te traicione…

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