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El último mogote

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Aquella tarde llena de silbidos, barullo y un bloqueo de moto taxistas (raro en Xoxo), obligaban a este cansado cuentacuentos a bajar del transporte, a caminar por las gastadas calles de este viejo-nuevo Xoxocotlán, custodio de un par de princesas: Romina y Ana quien agarradas de mi mano tomamos rumbo al Paragüito.

– abuelo por ahí no es              

– si abue, por donde nos llevas

Y una sonrisa nació en mi rostro, provocando mis palabras dormidas en la memoria de mis antepasados

– vengan, mis niñas quiero enseñarles un lugar… oculto y tragado por el olvido, descuido y mancillado por la gente que no sabe.

Mis pasos se frenaron y mi mano señalo un viejo montículo de tierra, lleno de hierba, basura y olvido.

– Ahí esta mis niñas, ahí está el último de los puestos militares del viejo coyote; el recuerdo de la primera batalla entre mixtecos-zapotecos y españoles, aquí fue donde los Oaxaqueños saludamos a Cortez por primera vez y fue aquí y solo aquí donde Aquel conquistador aprendió que este pueblo sería difícil de someter, cosa que fue su obsesión toda su vida, y que nunca vio, ver de rodillas a este pueblo; este mogote mis niñas es el testigo mudo, de esta historia que les voy a contar.

Eran el tiempo donde los antiguos ya habían dejado la cuidad sagrada, y el señor de los mixtecos-zapotecos había dispuesto a sus 14 generales -su consejo real- a cuidar al pueblo que dejaba atrás, dispersos alrededor de la montaña sagrada cada sacerdote nahual, cuido de los asentamientos y lugares sagrados, este mis niñas queridas, es el puesto de vigía, de coyoatl, el sacerdote nahual nocturno del coyote, este lugar mis niñas queridas es el puesto de vigilancia del adoratorio de la princesa Alma Grande.

Ahora la gente dejo de saber, pues los tiempos modernos le quitaron la voz a los cuentos e historias de los viejos, pero en aquellos tiempos aquí justo aquí había un pedazo de paraíso, un edén lleno de flores de quebraplato, de olor a toronjil, de ciruelos que ofrecía un paradero obligado a todo viajero que cruzara por aquí, los conejos brincaban libremente y los trinos de los pájaros ambientaban el lugar, un manantial brotaba hacia el rio llenando de vida y paz a este paraje mis niñas lindas; pero sobre todo los viajeros sabían que en este pedazo de tierra sagrada nadie se atrevía a ser cosas malas ni a tomar lo ajeno; ni siquiera cazar animales estaba permitido, pues los ojos de coyoatl y sus guerreros vigilaban imperceptiblemente este lugar.

Pero aquellos viajeros blancos no sabían, leer los símbolos de los antiguos en las mojoneras; enormes piedras que el tiempo y el rio se tragó; aquellos viajeros con vestimentas de metal y barbas negras se maravillaron de aquel lujar, he hicieron un campamento.

Al poco rato los pájaros volaban y las criaturas silvestres se escondían ante el sonoro canto del caracol.

Poco tiempo pasó y los pobladores de aquel lugar se acercaba curiosa a ver aquellos personajes.

Dentro de aquel grupo de fueranos, unos personajes con túnicas cafeces ofrecieron pan y fruta a los curiosos; reuniendo una pequeña concurrencia; aquellos nativos participaron en lo que pensaron era un rito de bienvenida; pues la ley mixteca imperaba a la cordialidad y diplomacia de un pueblo extraño buscando asilo y esa tarde mis niñas la primera misa católica se celebró ante una cruz en el templo de alma grande, la gente que fue bautizada ahí siempre pensó que era un tributo de los extraños ante las costumbres de los mixtecos-zapotecos; y no al revés.

Fue ahí donde Cortez aquel general de los fueranos se regocijaba de lo fácil que era entrar en estas tierras, maravillado por las ofrendas de oro y jade de aquel adoratorio, pensando en establecerse de manera más permanente en aquella tierra tan rica y tan llena de vida.

Apenas se asomaba la primera estrella anunciando el manto nocturno cuando un personaje llego ante los fueranos; su vestimenta hecha con piel de coyote, coronada por una máscara que mostraba el emblema de un guerrero de alta posición, llamo poderosamente la atención de todos, en su mano una vara con cintillos rojos y morados no parecía un ser amenazante.

– se le apareció el chamuco verdad abuelo?

– Aquel fuerano salió al encuentro de este enigmático personaje, tres hombres con espadas desenfundadas detrás de él y en su diestra una mujer que hablaba un náhuatl muy golpeado.

Aquel hombre coyote, hizo un saludo poniendo su palma en su muñequera

Pero aquel hombre mostro su altivez mientras empujaba a su interprete que recibía instrucciones

– quien es y que desea, noble señor…

Decía en una torpe lengua indígena fuerana y tal vez enemiga, pues esta lengua la hablaban los mexicas, enemigos naturales de los mixtecas.

Aquel personaje mostro aquel bastón que llevaba en sus manos y dijo mirando y señalando a los extraños con ropa de metal

– soy coyoatl, el tercero de los nahuales nocturnos, nahual del coyote; custodio de esta tierra mixteca-zapoteca y voz y mano de la ley mixteca; y les comunico que su gente y sus armas no son bienvenidas.

Señalando un cerro dijo con voz profunda aquel guerrero coyote

– cuando las estrellas del jaguar se asomen por esa montaña, volveré y ayudare a cruzar al mundo de los espíritus a todo hombre o animal que no sea de estas tierras.

Giro sobre sus pasos y con paso decidido y breve emprendió su camino a las sombras de la penumbra nocturna mis niñas.

– changos abuelito, y que paso?

Paso que aquel hombre barbado aun no conocía la derrota en esta tierra, tomo una ballesta y apunto a la espalda de aquel personaje y a solo seis paso disparo una flecha que atreves aquella visión que simplemente se desvaneció.

Aquellos soldados patidifusos por la experiencia recién vivida, tomaron sus armas y fueron en busca de aquel personaje, apenas siguieron la vereda donde desapareció aquel personaje, deslumbraron en una lejanía relativa un montículo, tal vez de observación; desenvainando sus espadas caminaban rumbo a su objetivo, que mostraba a contraluz de la luna una figura en lo alto, dos mosquetones se preparaban ante una presa que pensaban fácil de cazar.

Aquel hombre llamado Cortez partió con 18 hombres mismos que sin saber y en silencio desaparecieron 7; al percatarse del hecho Cortez voltio para todos lados mis niñas lindas, así como lo cuento solo escuchaba que la noche le decía en un susurro “siki”

-Siki? abuelo que es “siki”

– en mixteco quiere decir “cerca” pues no hay que olvidar que aquellos guerreros no solo peleaban con armas únicamente, si no también dentro de tu cabeza.

Cuando cortes volvió la vista a la vereda que tenía enfrente unos ojos rojos sangre se clavaron en su mente, el sonido de varios mosquetones rompieron el murmullo de la noche pero aquella visión del hombre coyote parecía que solo le atravesaban las balas y flechas disparadas. Y aquella visión salida de la noche estuvo a dos pasos de aquel general fuerano; Y con aquel palo que parecía tan inofensivo traspaso aquella armadura plateada clavándose en la carne del hombro, justo al lado de la axila de Cortes, quien emprendió una solitaria retirada pues de sus hombres jamás se volvió a saber.

Cuando las estrellas del jaguar llegaron a la montaña señalada los fueranos salieron por patas de esta noble tierra mis niñas.

Desde ese entonces Cortez jamás volvió a tierras Xoxeñas, y siempre vivió en su recuerdo – y en sus pesadillas- aquel hombre coyote que lo llamo “siki” y lo volvió a ver en aquella noche donde los mixtecos y mexicas cobraron cuentas; pero esa es otra historia mis niñas.

El tiempo y su marcha inevitable transformo este lugar en un eco del olvido, Cortez después mando a poner una capilla en el adoratorio de Alma Grande; y este mogote se lo comió el paso del tiempo; este gigante mudo fue el último puesto de defensa xoxeño y guarda muchos misterios y tesoros

-Haaa; cuenta, cuenta¡¡ abuelo

– esa será otra tarde miss niñas pues casi llegamos y este viejo tiene sed.

Aquel paraje hundido en el crecimiento demográfico de Xoxo, yace ahí dormido, esperando, fiel a su propósito fundamental, vigilar el tesoro de los zapotecos, vigilar la tumba de una princesa que murió por ver nacer a un pueblo de dos razas; pero sobretodo dar fe que ese pasado no está perdido solo olvidado.

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